El nacimiento de uno escudo
Un terremoto, la fragilidad del palacio familiar en Castagneto y la desaparición de un antiguo escudo me hicieron pensar que, antes de que sea demasiado tarde, el pasado debe ser contado.
En 1940, mi bisabuelo Lamberto encargó una investigación heráldica sobre nuestra familia. Muchos años después, mis propias investigaciones me llevaron hasta unas armas idénticas pertenecientes a la familia milanesa di Mazoli, documentadas en el siglo XIV.
Como heraldista, quise partir de otro principio: una sola figura, sencilla y reconocible, capaz de sintetizar una historia sin convertir el escudo en una colección de símbolos.
Así nació el leopardo marino.
El leopardo recuerda el relato fundacional de la familia, vinculado tradicionalmente a la Sicilia normanda. Su naturaleza acuática evoca, en cambio, un territorio históricamente pantanoso y rodeado de montañas.
Los colores responden a la misma búsqueda de síntesis: el rojo recuerda los orígenes de la heráldica, mientras que el oro y el negro construyen la figura del leopardo.
El blasón es: De gules, al leopardo marino rampante de oro, maculado y escamado de sable, armado de lo mismo.
En el leopardo reconocía también algo de mi propia familia: una historia de visibilidad y olvido, violencia y dignidad, partidas e individualismo. Es un animal solitario y esquivo; al mismo tiempo, escapa a la mirada y la conquista.
El leopardo marino no fue elegido porque se le pudiera atribuir un significado. Fue elegido porque, sin dejar de ser una sola figura, podía contener muchos.